noviembre 04, 2006

Matías Vértigo -> Relatos Sonoros (II)

Si aún no conocen a Matías Vértigo no huyan de él, si acaso, retrocedan. Si oyen su nombre al cruzar la línea de lo establecido, él ya conocerá el vuestro. Si me acusan de dar voz a un ser nidio, piérdanse. Afinen sus oídos, escuchen atentamente…


Relato II. Llegada a la Estigia (O lo que Matías Vértigo quería decorar)

He aterrizado en una ciudad empeñada en desnudarme y en una facultad que cabría en mi bolsillo. Los rostros ajenos, caretas derretidas de payasos sin luz, me producen efectos corrosivos que añoraba aun sin desearlos. Las calles huelen a ingenuidad y mi paso deja el rastro de un fuego fatuo desvaído. Acuso mi falta de espíritu abierto a la ignorancia supina que diviso a mi alrededor, sobre la ilusa creencia de que conocería el máximo grado de cultura social. Mi entorno está atestado de perdonavidas, de matones con emolumentos auto-gestionados, de fanfarrones de corto alcance (algún tartufo macrocéfalo), de poetas de cartón, de payasos sin disfraz, de disfraces sempiternos de ególatra, de filisteos redomados, de personajes de escalafón superior cabalgando con mirada de desprecio, del ínclito acérrimo del Cosmos, de discursos plúmbeos, de insania báquica, de dulces siluetas, de gestos cómplices abocados al suicidio con el debido tiempo. Misantropía incipiente, eso crece en mi persona. He encontrado un lugar donde refugiarme, en el corazón encuero de Murcia, sin que me acusen de ser el hijo nonato y expósito de Gregorio Samsa. Me he terminado acomodando sin exequias del pasado, y este submundo que he generado me ha apartado de mis obligaciones primarias. Mi amigo, Pascual Obnoxio, me aconseja. Él me enseñó a distinguir el Caos del Cosmos. Él me esbozó el camino y ahora yo lo trazo con líneas de incertidumbre y recelo. Con mi ingreso en la facultad ya busco el egreso. No quiero enfangarme en una construcción sobre números maniqueos y no narcisistas, aunque desde este pantano se alimenta mi aversión a mi época, al acervo endógeno del joven de espíritu mediocre y gregario, que sitúa en un pedestal el alcohol como nexo de unión social. El paradigma universitario se sustenta sobre una falacia, aquí la sociedad involuciona. Las tradiciones son de cumplimiento sagrado salvo para despotricar contra el conservador rancio, diana perfecta, entre porro y porro, para el comprometido social de salón. Las novatadas, hipócritamente prohibidas y veladamente permitidas, son la tradición necesaria para aquél que necesita engrandecer su ego, el mismo que sus resultados académicos se empeñan en aplastar. Entre los verdugos los hay adalides y los hay adláteres, que derraman el comportamiento mimético de los primeros. Entre las víctimas los hay sumisos resentidos, los hay sediciosos de papel y los hay cómplices herederos. Al final todos pagamos la cuota para que la pantomima continúe, para que te humillen mientras ves a tus iguales disfrutar y soportar semejante oprobio por el camino del alcohol, la panacea de la moral, que rompe los límites que impone la consciencia y el sentido común. No quiero vendas en mis ojos, quiero ver el polvo que levanta la caída de tantas (perceptibles) espadas de Damocles…