Matías Vértigo -> Relatos Sonoros (III)
Reconocerán que Matías Vértigo es un tipo singular. Él sólo merece ser adorado u odiado. Sostiene entre sus dedos lo que muchos vomitarían sólo de pensarlo, y agita con vehemencia el veneno que anega su pensamiento. ¿Eufonía? ¿Cacofonía? Compruébenlo...
Relato III. Las islas ignoradas (O lo que Matías Vértigo destrozaba al anochecer)
Murcia se encadena a viandantes mecanizados sin miedo a morir de consuelo. Estos, amantes del horizonte cercano, esquivan volcanes de humanidad, ignoran el cielo melifluo y subrayan con mezquindad el trazo rutinario de su existencia. Navegan en disonancia con las islas ignoradas, que, mudas de regocijo, abortan su reflejo sin el corazón blindado. La ciudad amanece espesa y mortecina, sacudiéndose las cadenas que la noche se empeña en prender a las muñecas inmóviles y taciturnas de una ciudad condenada. Condena avistada desde el epicentro vital de sus ciudadanos. Niños que juegan con el mundo. Humanoides abastecidos de desprecio y eterna angustia, encadenados sobre muros diabólicos. Naturaleza sin maleza ni artificios encauzada por la obra humana. Silencios frenéticos. Calles que aprendieron a encajar mi dolor, deslizarlo, paralizarlo, ataviarlo de frustración. La ciudad donde aprendí a escupir sangre, la misma que me enseñó la crueldad universal que Baroja nos despedaza, o la que, sin pedirle permiso al infierno, me sopla al oído que no hay más camino que la dulce agonía. Desde otro prisma, Murcia es una ciudad luminosa. Una especie de estanque dorado en el que el tiempo avanza como si estuviese detenido pero en movimiento. Es una ciudad tan previsible que acaba siendo extraña. No recuerdo si tropecé con su ingenio de ciudad afanosa y rígida, me ayuda pensar que soy un hijo de semilla ajena que seduce sus deshechos. Aquí, donde las princesas construyen tu ataúd, alicatado de humor negro, de pesar lúgubre y perfume envenenado, se vive entre paredes rígidas y acartonadas. Mendigos, esterilizados y secados al vapor del fuego callejero que abrasa mi desidia, me apartan su mirada. Murcia, cuyo reflejo no es sino el rumbo de un timón bloqueado, que, porfiado en mostrar a sus ciudadanos las islas ignoradas, llora por que sus hijos se niegan a verlas. No es lo que soñé, porque nunca lo hice. No me ha decepcionado, porque nunca suspiré por llegar aquí. Sí me ha desencantado, los gigantes se convierten en enanos de músculos atrofiados, el miedo se derrite en losas de papel, en la noche se deja pisotear y ajar por mis semejantes, que, asfixiados en su estupidez, invaden el aire con un castillo de sentina. Cuando llega el invierno me engaña, se insinúa con magia de destellos vacuos y maquillaje de madera vieja. Yo me dejo embaucar y me arrastra por su cauce más fluido, me dirige por donde yo quiero ir, no me deja enfadarme, me trata como a un hijo predilecto atravesando senderos luminosos, y yo me dejo abrazar. Llega la noche y lo estrello todo contra el cielo, deseo que lo absorba, se atragante y lo vomite con la imperfección de su creación. Quiero que me odie por hacerle comprender que es el techo de una ciudad condenada, a la que nunca podrá cambiar con las entrañas húmedas de su garganta.
Relato III. Las islas ignoradas (O lo que Matías Vértigo destrozaba al anochecer)
Murcia se encadena a viandantes mecanizados sin miedo a morir de consuelo. Estos, amantes del horizonte cercano, esquivan volcanes de humanidad, ignoran el cielo melifluo y subrayan con mezquindad el trazo rutinario de su existencia. Navegan en disonancia con las islas ignoradas, que, mudas de regocijo, abortan su reflejo sin el corazón blindado. La ciudad amanece espesa y mortecina, sacudiéndose las cadenas que la noche se empeña en prender a las muñecas inmóviles y taciturnas de una ciudad condenada. Condena avistada desde el epicentro vital de sus ciudadanos. Niños que juegan con el mundo. Humanoides abastecidos de desprecio y eterna angustia, encadenados sobre muros diabólicos. Naturaleza sin maleza ni artificios encauzada por la obra humana. Silencios frenéticos. Calles que aprendieron a encajar mi dolor, deslizarlo, paralizarlo, ataviarlo de frustración. La ciudad donde aprendí a escupir sangre, la misma que me enseñó la crueldad universal que Baroja nos despedaza, o la que, sin pedirle permiso al infierno, me sopla al oído que no hay más camino que la dulce agonía. Desde otro prisma, Murcia es una ciudad luminosa. Una especie de estanque dorado en el que el tiempo avanza como si estuviese detenido pero en movimiento. Es una ciudad tan previsible que acaba siendo extraña. No recuerdo si tropecé con su ingenio de ciudad afanosa y rígida, me ayuda pensar que soy un hijo de semilla ajena que seduce sus deshechos. Aquí, donde las princesas construyen tu ataúd, alicatado de humor negro, de pesar lúgubre y perfume envenenado, se vive entre paredes rígidas y acartonadas. Mendigos, esterilizados y secados al vapor del fuego callejero que abrasa mi desidia, me apartan su mirada. Murcia, cuyo reflejo no es sino el rumbo de un timón bloqueado, que, porfiado en mostrar a sus ciudadanos las islas ignoradas, llora por que sus hijos se niegan a verlas. No es lo que soñé, porque nunca lo hice. No me ha decepcionado, porque nunca suspiré por llegar aquí. Sí me ha desencantado, los gigantes se convierten en enanos de músculos atrofiados, el miedo se derrite en losas de papel, en la noche se deja pisotear y ajar por mis semejantes, que, asfixiados en su estupidez, invaden el aire con un castillo de sentina. Cuando llega el invierno me engaña, se insinúa con magia de destellos vacuos y maquillaje de madera vieja. Yo me dejo embaucar y me arrastra por su cauce más fluido, me dirige por donde yo quiero ir, no me deja enfadarme, me trata como a un hijo predilecto atravesando senderos luminosos, y yo me dejo abrazar. Llega la noche y lo estrello todo contra el cielo, deseo que lo absorba, se atragante y lo vomite con la imperfección de su creación. Quiero que me odie por hacerle comprender que es el techo de una ciudad condenada, a la que nunca podrá cambiar con las entrañas húmedas de su garganta.

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