Matías Vértigo -> Relatos Sonoros (IV)
El mayor reto que tuvo que afrontar Matías Vértigo fue atreverse a quererse a sí mismo y soportar con estoicismo el quebranto de sus emociones. Un anhelo que jamás alcanzaría, aunque revolviera entre sus cenizas. Permítanme que les muestre una inquietante melodía.
Relato IV. La sonrisa descarnada (O lo que Matías Vértigo abrazaba sin espejos)
Es inquietante el amargor de una mañana sin armonía. Los rayos de luz evitan el contacto efímero con mi piel. Es indiferente el rutinario amanecer de las brujas, que afilan sus escobas al auspicio de la oscuridad. Escucho una melodía, cierro mis ojos, y me aferro a ella. Construyo una maqueta de mis sentimientos, la perfilo, la extiendo y la estudio. Introspección. Abro los ojos, y me dejo engullir por ella. Observo un parque, donde los árboles se abrazan entre sí, donde las flores limpian sus hojas con sonrisas líquidas, donde niños sin rostros juegan a medir el tiempo bajo la atenta mirada de tumbas descosidas, donde ancianos beben el vino con el que Dios nos brindó esta broma, donde la música se lame las heridas que el azote de palabras lacónicas provoca. Cruzo el parque hasta topar con el cauce de un río. Me arrodillo y veo, a través del agua cristalina, rostros amados, sin gestos, que el más violento caudal no puede arrancar. Si miro al horizonte diviso edificios que atraviesan el cielo y lo perpetúan en su dolor, mientras los olvidados lloran encogidos contra el asfalto, que filtra las lágrimas hasta las cavernas del infierno. Doy media vuelta, deambulo y me paralizo. Mi mirada acompaña a burbujas alineadas sobre hilos de miel y aspereza. Burbujas que mienten y dan calor, que te ridiculizan mientras te arropan. Un poco más allá observo un cementerio, hacia él se encaminan muertos, envueltos en camisas de fuerza, que serán enterrados en la tumba que ellos mismos cavaron, bajo la batuta de sus miserias. Payasos, que tropiezan con baremos pasionales, cantan espumosos cánticos de soledad. Conviven gigantes galopando contra muros de cristal, vendedores ambulantes que me ofrecen historias de alquiler, mendigos que queman sus llagas sin tragarse las llaves del azar. Procuro respirar, el aire se mece al ritmo de la respiración de un dios que quiere sangrar, mas está hueco, pues se vació por el desgaste de su creación. A mi izquierda se proyecta una pista de hielo, donde manos se deslizan en buscan de sus ojos. A mi derecha, brujas se suicidan acorraladas por perfumes empedrados. Me giro. Un malabarista se adorna con bolas sin gravedad. Huyo y ando en dirección desconocida. Tras dejarme guiar por un sonido vengativo, me encuentro con tres cuerdas colgantes del techo terrenal, atadas, allá arriba, a los pies de almas desnudas. La primera cuerda es blanca y realiza movimientos circulares; la segunda es negra y arde al cerrar los ojos; la tercera es transparente y refleja siete colores cuando se somete a la oscuridad. El suelo que se insinuaba alrededor de mis pies se consume en un bostezo abismal. Una voz me habla, no queda más camino que la elección. El cielo amenaza con resquebrajarse. Y grito, grito y grito, hasta que Dios despierte, enfurezca y envíe a su guardia a clavarme los pies en los escombros de una sonrisa. Acta est fabula.
Relato IV. La sonrisa descarnada (O lo que Matías Vértigo abrazaba sin espejos)
Es inquietante el amargor de una mañana sin armonía. Los rayos de luz evitan el contacto efímero con mi piel. Es indiferente el rutinario amanecer de las brujas, que afilan sus escobas al auspicio de la oscuridad. Escucho una melodía, cierro mis ojos, y me aferro a ella. Construyo una maqueta de mis sentimientos, la perfilo, la extiendo y la estudio. Introspección. Abro los ojos, y me dejo engullir por ella. Observo un parque, donde los árboles se abrazan entre sí, donde las flores limpian sus hojas con sonrisas líquidas, donde niños sin rostros juegan a medir el tiempo bajo la atenta mirada de tumbas descosidas, donde ancianos beben el vino con el que Dios nos brindó esta broma, donde la música se lame las heridas que el azote de palabras lacónicas provoca. Cruzo el parque hasta topar con el cauce de un río. Me arrodillo y veo, a través del agua cristalina, rostros amados, sin gestos, que el más violento caudal no puede arrancar. Si miro al horizonte diviso edificios que atraviesan el cielo y lo perpetúan en su dolor, mientras los olvidados lloran encogidos contra el asfalto, que filtra las lágrimas hasta las cavernas del infierno. Doy media vuelta, deambulo y me paralizo. Mi mirada acompaña a burbujas alineadas sobre hilos de miel y aspereza. Burbujas que mienten y dan calor, que te ridiculizan mientras te arropan. Un poco más allá observo un cementerio, hacia él se encaminan muertos, envueltos en camisas de fuerza, que serán enterrados en la tumba que ellos mismos cavaron, bajo la batuta de sus miserias. Payasos, que tropiezan con baremos pasionales, cantan espumosos cánticos de soledad. Conviven gigantes galopando contra muros de cristal, vendedores ambulantes que me ofrecen historias de alquiler, mendigos que queman sus llagas sin tragarse las llaves del azar. Procuro respirar, el aire se mece al ritmo de la respiración de un dios que quiere sangrar, mas está hueco, pues se vació por el desgaste de su creación. A mi izquierda se proyecta una pista de hielo, donde manos se deslizan en buscan de sus ojos. A mi derecha, brujas se suicidan acorraladas por perfumes empedrados. Me giro. Un malabarista se adorna con bolas sin gravedad. Huyo y ando en dirección desconocida. Tras dejarme guiar por un sonido vengativo, me encuentro con tres cuerdas colgantes del techo terrenal, atadas, allá arriba, a los pies de almas desnudas. La primera cuerda es blanca y realiza movimientos circulares; la segunda es negra y arde al cerrar los ojos; la tercera es transparente y refleja siete colores cuando se somete a la oscuridad. El suelo que se insinuaba alrededor de mis pies se consume en un bostezo abismal. Una voz me habla, no queda más camino que la elección. El cielo amenaza con resquebrajarse. Y grito, grito y grito, hasta que Dios despierte, enfurezca y envíe a su guardia a clavarme los pies en los escombros de una sonrisa. Acta est fabula.

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