noviembre 04, 2006

Matías Vértigo -> Relatos Sonoros (VI)

Llegados a este punto, Matías se atreve a ofrecer una letanía de palabras ausentes. Todas ellas destinadas a purificar parcialmente su alma. Silencio…presten minuciosa atención a esta sinfonía arrítmica y muda.


Relato VI. Pensamientos (Im)perfectos (O lo que Matías Vértigo merecía olvidar)

En el devenir de mi reciente existencia recorrí con mi alma, ante la inevitable inercia de mis días, mi entorno más cercano, sin poder evitar la injerencia intermitente e hiriente de elementos deseables y deseosos, inescrutables y perturbadores, que el tiempo se empeñó en mecer. Me dispongo a desnudar sin acritud mis pensamientos más imperfectos, sin someterme a orden racional alguno…Aniceto Poltrón enjuaga su conciencia en pilas de agua bendita, y rajaría a la diosa Fortuna si ésta dejara de sonreírle. Sus vínculos personales se ensombrecen ante su ingenio blando y pernicioso, y su lógica es digna de una pirueta que desemboca en un oscuro accidente. Higinio Odre manufactura en su cerebro los recuerdos vomitivos de la noche más estúpida. Su sentido del humor es tautológico y alimenta sin límites mi aversión. Jacobo Tartufo inventa su vida con ansias de superioridad, sin atisbar que la ignorancia que cree exportar a los demás no es sino fruto de su escabrosa mente. Su moral es sórdida, sus hipócritas palabras y su vacua idiosincrasia se descuelgan con vergüenza por el vacío que él mismo ha decorado con tono rojo pérfido. Marcelo Mirmidón siempre se empeña en imprimir la mediocridad y en encararse a un sistema absurdo, que lo absorbe con suma facilidad. Eudoxia Ínfula adopta forma de sirena, cuyos cantos inocentes se distorsionan con el paso del tiempo; el mismo que desfigura los rostros y atormenta las miradas sin el menor resto de arrepentimiento. Armando Edecán mutila la realidad a presión y destila imprudencia entre sus resquicios humorísticos. Impulsor de la idea más disparatada y su ejecutor más fiel; sus chanzas resbalan como un amanecer límpido. Eufrasio Sinsorgo se conforma con ser una peonza histriónica que se auto-impulsa con vehemencia bajo los efectos de una física impredecible. Lisardo Nidio se quitó la vida sin la menor pereza y se convirtió en un proyectil de plumas negras y pesadas; intuyo que intenta reencontrarse con cautela y ante la mirada de su propia admiración. Mina Puericia condiciona subrepticiamente vidas cercanas con un silencio mórbido. Telma Ebúrnea pisa entre algodones soterrados y se desliza al antojo del viento; de su alma poco puedo decir. Julio Prolijo se vanagloria de su tácita extorsión moral; desprecio su forma de jugar al límite. Jacinto Encono, aguja impertinente de filo huidizo. Federico Rijoso se suspendió en el aire con alas de cartón, y se derramó hasta alcanzar aquella nube, donde se empeña en olvidar su infanticidio. Néstor Enfintoso, acostumbrado a darse baños de pureza, se revuelca en su infame incoherencia emocional. Amalia Manido creyó poder vivir con miedo, incertidumbre y alas petrificadas. Finalmente mi recuerdo global queda en…hipocresía contrastada, traición, remedos de amistad y anhelo de una desaparición esperada.

Matías Vértigo -> Relatos Sonoros (V)

Matías, héroe de unos y villano de otros. Halo de luz para los unos y escoria enfermiza para los otros. Para muchos sus relatos chirrían y cobijan odio e intolerancia, para mí fluyen como el aire por el rostro de la locura.


Relato V. El espejo de Prometeo (O lo que Matías Vértigo callaba sediento)

Aspiro a no desear nada, salvo la agonía de mi deseo. Quisiera quitarme la puta manía de consumirme. Anhelo mirar atrás sin que un muro de pasiones me arrastre y me obligue a dar el siguiente paso. Quisiera que el cielo rompiera a reír cada vez que mi voz se estanque por no saber verbalizar mis entrañas y dejar que la metralla reviente en mi garganta; y quisiera explotar de placer cada vez que el cielo se desangre, degollado por el buitre que roba las alas en el baúl del tiempo y la inercia infinita; que se sienta observado, mientras sabe que todo lo ve y todo lo toca con su sangre derramada. Quisiera custodiar al mentiroso, que agonice el que custodia y mentir al que agoniza. Quisiera manejar el silencio, que no tuviera que nacer en cada instante. Quisiera presenciar el entierro de mis sentimientos sobre un barco invisible con rumbo desconocido, atravesando un océano empedrado de cantos astillados, construido piedra a piedra, con precipitación sigilosa, por las personas que alguna vez se alojaran en mi vida. Quisiera poseer en una mano todos los segundos que perdí por haber parpadeado, intuir el azar y elegir uno para vivirlo eternamente, mientras recuerdo al viejo Goethe exclamar ante Harry Haller que la eternidad es sólo un instante, lo suficientemente largo para una broma; en otra mano desearía conservar los segundos que desperdicié viendo cómo el río se secaba con el calor de mi obsesión, y al abrirla sentenciar mi corazón. Quisiera destemplar mi fragilidad con la propia estupidez de los golpes. Daría una sonrisa sincera por compartir celda con el señor Meursault, y presenciar su ejecución desde la última fila, mientras leo en sus ojos que todos estamos condenados a muerte. Quisiera dejar de escarbar para encontrarme, y quisiera no volver a enterrarme con tierra ácida cada vez que necesito desaparecer. Estoy cansado de viajar en esta montaña rusa anclada en el vacío, donde el taquillero se petrificó el séptimo día y los raíles, de espuma azul, imprimen velocidad sin saberlo; aunque quisiera saltar de mi vagón me aterra la idea de caer eternamente. Estoy aburrido de acariciar una realidad que me desgasta, al entrar en una atmósfera cuyos parámetros desconozco. Cada día siento un tamaño distinto de mi propia dimensión y estudio la de los demás. Si chocan me siento amenazado, y arrojo silencio por mis llagas; si se acomodan y se ajustan entre los algodones que voy colocando minuciosamente, abro las compuertas de mis entrañas y desencadeno las palabras que cerrarán los resquicios. Quisiera prender fuego a mi calma tumbado sobre un lienzo de pasión, y dejar que la combustión se confunda. Yo, Matías Vértigo, libero mi discurso en sacrificio de Prometeo, que verá perforar su hígado cada día de su vida, hasta que el tiempo se canse de fingir que Dios sigue bostezando.

Matías Vértigo -> Relatos Sonoros (IV)

El mayor reto que tuvo que afrontar Matías Vértigo fue atreverse a quererse a sí mismo y soportar con estoicismo el quebranto de sus emociones. Un anhelo que jamás alcanzaría, aunque revolviera entre sus cenizas. Permítanme que les muestre una inquietante melodía.


Relato IV. La sonrisa descarnada (O lo que Matías Vértigo abrazaba sin espejos)

Es inquietante el amargor de una mañana sin armonía. Los rayos de luz evitan el contacto efímero con mi piel. Es indiferente el rutinario amanecer de las brujas, que afilan sus escobas al auspicio de la oscuridad. Escucho una melodía, cierro mis ojos, y me aferro a ella. Construyo una maqueta de mis sentimientos, la perfilo, la extiendo y la estudio. Introspección. Abro los ojos, y me dejo engullir por ella. Observo un parque, donde los árboles se abrazan entre sí, donde las flores limpian sus hojas con sonrisas líquidas, donde niños sin rostros juegan a medir el tiempo bajo la atenta mirada de tumbas descosidas, donde ancianos beben el vino con el que Dios nos brindó esta broma, donde la música se lame las heridas que el azote de palabras lacónicas provoca. Cruzo el parque hasta topar con el cauce de un río. Me arrodillo y veo, a través del agua cristalina, rostros amados, sin gestos, que el más violento caudal no puede arrancar. Si miro al horizonte diviso edificios que atraviesan el cielo y lo perpetúan en su dolor, mientras los olvidados lloran encogidos contra el asfalto, que filtra las lágrimas hasta las cavernas del infierno. Doy media vuelta, deambulo y me paralizo. Mi mirada acompaña a burbujas alineadas sobre hilos de miel y aspereza. Burbujas que mienten y dan calor, que te ridiculizan mientras te arropan. Un poco más allá observo un cementerio, hacia él se encaminan muertos, envueltos en camisas de fuerza, que serán enterrados en la tumba que ellos mismos cavaron, bajo la batuta de sus miserias. Payasos, que tropiezan con baremos pasionales, cantan espumosos cánticos de soledad. Conviven gigantes galopando contra muros de cristal, vendedores ambulantes que me ofrecen historias de alquiler, mendigos que queman sus llagas sin tragarse las llaves del azar. Procuro respirar, el aire se mece al ritmo de la respiración de un dios que quiere sangrar, mas está hueco, pues se vació por el desgaste de su creación. A mi izquierda se proyecta una pista de hielo, donde manos se deslizan en buscan de sus ojos. A mi derecha, brujas se suicidan acorraladas por perfumes empedrados. Me giro. Un malabarista se adorna con bolas sin gravedad. Huyo y ando en dirección desconocida. Tras dejarme guiar por un sonido vengativo, me encuentro con tres cuerdas colgantes del techo terrenal, atadas, allá arriba, a los pies de almas desnudas. La primera cuerda es blanca y realiza movimientos circulares; la segunda es negra y arde al cerrar los ojos; la tercera es transparente y refleja siete colores cuando se somete a la oscuridad. El suelo que se insinuaba alrededor de mis pies se consume en un bostezo abismal. Una voz me habla, no queda más camino que la elección. El cielo amenaza con resquebrajarse. Y grito, grito y grito, hasta que Dios despierte, enfurezca y envíe a su guardia a clavarme los pies en los escombros de una sonrisa. Acta est fabula.

Matías Vértigo -> Relatos Sonoros (III)

Reconocerán que Matías Vértigo es un tipo singular. Él sólo merece ser adorado u odiado. Sostiene entre sus dedos lo que muchos vomitarían sólo de pensarlo, y agita con vehemencia el veneno que anega su pensamiento. ¿Eufonía? ¿Cacofonía? Compruébenlo...


Relato III. Las islas ignoradas (O lo que Matías Vértigo destrozaba al anochecer)

Murcia se encadena a viandantes mecanizados sin miedo a morir de consuelo. Estos, amantes del horizonte cercano, esquivan volcanes de humanidad, ignoran el cielo melifluo y subrayan con mezquindad el trazo rutinario de su existencia. Navegan en disonancia con las islas ignoradas, que, mudas de regocijo, abortan su reflejo sin el corazón blindado. La ciudad amanece espesa y mortecina, sacudiéndose las cadenas que la noche se empeña en prender a las muñecas inmóviles y taciturnas de una ciudad condenada. Condena avistada desde el epicentro vital de sus ciudadanos. Niños que juegan con el mundo. Humanoides abastecidos de desprecio y eterna angustia, encadenados sobre muros diabólicos. Naturaleza sin maleza ni artificios encauzada por la obra humana. Silencios frenéticos. Calles que aprendieron a encajar mi dolor, deslizarlo, paralizarlo, ataviarlo de frustración. La ciudad donde aprendí a escupir sangre, la misma que me enseñó la crueldad universal que Baroja nos despedaza, o la que, sin pedirle permiso al infierno, me sopla al oído que no hay más camino que la dulce agonía. Desde otro prisma, Murcia es una ciudad luminosa. Una especie de estanque dorado en el que el tiempo avanza como si estuviese detenido pero en movimiento. Es una ciudad tan previsible que acaba siendo extraña. No recuerdo si tropecé con su ingenio de ciudad afanosa y rígida, me ayuda pensar que soy un hijo de semilla ajena que seduce sus deshechos. Aquí, donde las princesas construyen tu ataúd, alicatado de humor negro, de pesar lúgubre y perfume envenenado, se vive entre paredes rígidas y acartonadas. Mendigos, esterilizados y secados al vapor del fuego callejero que abrasa mi desidia, me apartan su mirada. Murcia, cuyo reflejo no es sino el rumbo de un timón bloqueado, que, porfiado en mostrar a sus ciudadanos las islas ignoradas, llora por que sus hijos se niegan a verlas. No es lo que soñé, porque nunca lo hice. No me ha decepcionado, porque nunca suspiré por llegar aquí. Sí me ha desencantado, los gigantes se convierten en enanos de músculos atrofiados, el miedo se derrite en losas de papel, en la noche se deja pisotear y ajar por mis semejantes, que, asfixiados en su estupidez, invaden el aire con un castillo de sentina. Cuando llega el invierno me engaña, se insinúa con magia de destellos vacuos y maquillaje de madera vieja. Yo me dejo embaucar y me arrastra por su cauce más fluido, me dirige por donde yo quiero ir, no me deja enfadarme, me trata como a un hijo predilecto atravesando senderos luminosos, y yo me dejo abrazar. Llega la noche y lo estrello todo contra el cielo, deseo que lo absorba, se atragante y lo vomite con la imperfección de su creación. Quiero que me odie por hacerle comprender que es el techo de una ciudad condenada, a la que nunca podrá cambiar con las entrañas húmedas de su garganta.

Matías Vértigo -> Relatos Sonoros (II)

Si aún no conocen a Matías Vértigo no huyan de él, si acaso, retrocedan. Si oyen su nombre al cruzar la línea de lo establecido, él ya conocerá el vuestro. Si me acusan de dar voz a un ser nidio, piérdanse. Afinen sus oídos, escuchen atentamente…


Relato II. Llegada a la Estigia (O lo que Matías Vértigo quería decorar)

He aterrizado en una ciudad empeñada en desnudarme y en una facultad que cabría en mi bolsillo. Los rostros ajenos, caretas derretidas de payasos sin luz, me producen efectos corrosivos que añoraba aun sin desearlos. Las calles huelen a ingenuidad y mi paso deja el rastro de un fuego fatuo desvaído. Acuso mi falta de espíritu abierto a la ignorancia supina que diviso a mi alrededor, sobre la ilusa creencia de que conocería el máximo grado de cultura social. Mi entorno está atestado de perdonavidas, de matones con emolumentos auto-gestionados, de fanfarrones de corto alcance (algún tartufo macrocéfalo), de poetas de cartón, de payasos sin disfraz, de disfraces sempiternos de ególatra, de filisteos redomados, de personajes de escalafón superior cabalgando con mirada de desprecio, del ínclito acérrimo del Cosmos, de discursos plúmbeos, de insania báquica, de dulces siluetas, de gestos cómplices abocados al suicidio con el debido tiempo. Misantropía incipiente, eso crece en mi persona. He encontrado un lugar donde refugiarme, en el corazón encuero de Murcia, sin que me acusen de ser el hijo nonato y expósito de Gregorio Samsa. Me he terminado acomodando sin exequias del pasado, y este submundo que he generado me ha apartado de mis obligaciones primarias. Mi amigo, Pascual Obnoxio, me aconseja. Él me enseñó a distinguir el Caos del Cosmos. Él me esbozó el camino y ahora yo lo trazo con líneas de incertidumbre y recelo. Con mi ingreso en la facultad ya busco el egreso. No quiero enfangarme en una construcción sobre números maniqueos y no narcisistas, aunque desde este pantano se alimenta mi aversión a mi época, al acervo endógeno del joven de espíritu mediocre y gregario, que sitúa en un pedestal el alcohol como nexo de unión social. El paradigma universitario se sustenta sobre una falacia, aquí la sociedad involuciona. Las tradiciones son de cumplimiento sagrado salvo para despotricar contra el conservador rancio, diana perfecta, entre porro y porro, para el comprometido social de salón. Las novatadas, hipócritamente prohibidas y veladamente permitidas, son la tradición necesaria para aquél que necesita engrandecer su ego, el mismo que sus resultados académicos se empeñan en aplastar. Entre los verdugos los hay adalides y los hay adláteres, que derraman el comportamiento mimético de los primeros. Entre las víctimas los hay sumisos resentidos, los hay sediciosos de papel y los hay cómplices herederos. Al final todos pagamos la cuota para que la pantomima continúe, para que te humillen mientras ves a tus iguales disfrutar y soportar semejante oprobio por el camino del alcohol, la panacea de la moral, que rompe los límites que impone la consciencia y el sentido común. No quiero vendas en mis ojos, quiero ver el polvo que levanta la caída de tantas (perceptibles) espadas de Damocles…

Matías Vértigo -> Relatos Sonoros (I)

He aquí las reflexiones de Matías Vértigo. De él sé poco...o mucho. Lo que he podido extraer de estos cuantos relatos que llegaron a mis manos sin buscarlos y que sin la presión de la búsqueda prendieron en mí como una llama sutil. Sé que es, o fue, o será, universitario. Español. O no. Sé que no es feo, ni católico ni tal vez sentimental como un Marqués de Bradomín cualquiera. Sé que lo que dice tiene el sonido de lo auténtico. Y sé, atisbo...intuyo...que alguien más que yo...merece compartir algo tan sonoro. No me pidan a mí explicaciones. No sabré dárselas. Y no busquen...sobre todo no busquen...si algo sé de mi extraño confidente es que no puede ser buscado, si acaso, encontrado.

Relato I. Primer Axioma (O lo que Matías Vértigo no sabe ser).

La vida de un universitario está marcada por una mezcla explosiva (pero absurda) de tópicos y expectativas, lo que (de)genera en un conjunto de expectativas de tópicos. Todo es una carrera por ver quién es más progresista, más subversivo, más sexualmente activo (alguno pasivo), más desentendido de los resultados prácticos del estudio pero al mismo tiempo más capaz de alcanzarlos con desaliño de diseño. Una carrera predeterminada y perfectamente acotada, efectista más que efectiva, como un laberinto en el que todos entran por la misma puerta y en la que todos saben que saldrán por el mismo sitio, que recorrerán las mismas curvas y tendrán los mismos obstáculos y en la que comportarse como si todo fuera nuevo, especial, único y definitorio es el camino más corto para adocenarse en la ingenuidad de creer que fumarse un porro y escuchar a grupos alternativos implica desmarcarse del "sistema", en la tierna pero obscena ingenuidad de que desmarcarse homogéneamente sirve para algo. Sin convicción sólo hay teatro del absurdo, y con ella sólo hay sainetes. No me pregunten cuál es la alternativa. No, no es Sartre. No es el budismo. Es la honestidad con uno mismo, la asunción de tus límites como primer paso para intentar ensancharlos, el respeto por las inercias como principio para conseguir puntos de inflexión. Reales no creados de diseño para que sean de consumo estándar con ínfulas de Desmarque Oficial del Sistema. Siempre he detestado la estupidez asumida. Porque sólo se asume cuando te ha embaucado, y uno siempre merece su engaño. Estoy harto de mentirosos, de falsos, de estúpidos, de teatros del absurdo, de comedietas de tercera justificando posiciones éticas o políticas que no existen por el principio de Heisenberg, harto de universitarios de diseño contra el diseño, de vapuleos holográficos de lo establecido, del culto a la subversión radicalmente falsa y por ello radicalmente despreciable. Harto de iconos vacíos, y de vacíos que sirven de icono, de camarillas casposas disfrazadas de libertarias, de grupos simiescos disfrazados de voluntades emprendedoras, de mediocres con sonrisa de genios autosugestionados, de profesores con afán de enseñarse lo que saben más que de enseñarme lo que debería saber, harto de estar harto, de pagar mi cuota, mi entrada a este puto teatro, de ser lúcido y pagar la contraprestación por mi lucidez. Harto de dudar si estoy harto, de ser simio, y estúpido, y deshonesto, y sexualmente activo, y progre, y subversivo. Harto de no serlo. Y no aspiro a suicidarme, no me alimento de tristeza, no tengo depresión, no soy un friki, no soy un marginado. ¿Qué soy? no lo sé, pero sí sé lo que no soy y lo que no he sido y lo que no quiero ser. Y cuando miro a mi alrededor me doy cuenta de que soy afortunado por saberlo.