Matías Vértigo -> Relatos Sonoros (V)
Matías, héroe de unos y villano de otros. Halo de luz para los unos y escoria enfermiza para los otros. Para muchos sus relatos chirrían y cobijan odio e intolerancia, para mí fluyen como el aire por el rostro de la locura.
Relato V. El espejo de Prometeo (O lo que Matías Vértigo callaba sediento)
Aspiro a no desear nada, salvo la agonía de mi deseo. Quisiera quitarme la puta manía de consumirme. Anhelo mirar atrás sin que un muro de pasiones me arrastre y me obligue a dar el siguiente paso. Quisiera que el cielo rompiera a reír cada vez que mi voz se estanque por no saber verbalizar mis entrañas y dejar que la metralla reviente en mi garganta; y quisiera explotar de placer cada vez que el cielo se desangre, degollado por el buitre que roba las alas en el baúl del tiempo y la inercia infinita; que se sienta observado, mientras sabe que todo lo ve y todo lo toca con su sangre derramada. Quisiera custodiar al mentiroso, que agonice el que custodia y mentir al que agoniza. Quisiera manejar el silencio, que no tuviera que nacer en cada instante. Quisiera presenciar el entierro de mis sentimientos sobre un barco invisible con rumbo desconocido, atravesando un océano empedrado de cantos astillados, construido piedra a piedra, con precipitación sigilosa, por las personas que alguna vez se alojaran en mi vida. Quisiera poseer en una mano todos los segundos que perdí por haber parpadeado, intuir el azar y elegir uno para vivirlo eternamente, mientras recuerdo al viejo Goethe exclamar ante Harry Haller que la eternidad es sólo un instante, lo suficientemente largo para una broma; en otra mano desearía conservar los segundos que desperdicié viendo cómo el río se secaba con el calor de mi obsesión, y al abrirla sentenciar mi corazón. Quisiera destemplar mi fragilidad con la propia estupidez de los golpes. Daría una sonrisa sincera por compartir celda con el señor Meursault, y presenciar su ejecución desde la última fila, mientras leo en sus ojos que todos estamos condenados a muerte. Quisiera dejar de escarbar para encontrarme, y quisiera no volver a enterrarme con tierra ácida cada vez que necesito desaparecer. Estoy cansado de viajar en esta montaña rusa anclada en el vacío, donde el taquillero se petrificó el séptimo día y los raíles, de espuma azul, imprimen velocidad sin saberlo; aunque quisiera saltar de mi vagón me aterra la idea de caer eternamente. Estoy aburrido de acariciar una realidad que me desgasta, al entrar en una atmósfera cuyos parámetros desconozco. Cada día siento un tamaño distinto de mi propia dimensión y estudio la de los demás. Si chocan me siento amenazado, y arrojo silencio por mis llagas; si se acomodan y se ajustan entre los algodones que voy colocando minuciosamente, abro las compuertas de mis entrañas y desencadeno las palabras que cerrarán los resquicios. Quisiera prender fuego a mi calma tumbado sobre un lienzo de pasión, y dejar que la combustión se confunda. Yo, Matías Vértigo, libero mi discurso en sacrificio de Prometeo, que verá perforar su hígado cada día de su vida, hasta que el tiempo se canse de fingir que Dios sigue bostezando.
Relato V. El espejo de Prometeo (O lo que Matías Vértigo callaba sediento)
Aspiro a no desear nada, salvo la agonía de mi deseo. Quisiera quitarme la puta manía de consumirme. Anhelo mirar atrás sin que un muro de pasiones me arrastre y me obligue a dar el siguiente paso. Quisiera que el cielo rompiera a reír cada vez que mi voz se estanque por no saber verbalizar mis entrañas y dejar que la metralla reviente en mi garganta; y quisiera explotar de placer cada vez que el cielo se desangre, degollado por el buitre que roba las alas en el baúl del tiempo y la inercia infinita; que se sienta observado, mientras sabe que todo lo ve y todo lo toca con su sangre derramada. Quisiera custodiar al mentiroso, que agonice el que custodia y mentir al que agoniza. Quisiera manejar el silencio, que no tuviera que nacer en cada instante. Quisiera presenciar el entierro de mis sentimientos sobre un barco invisible con rumbo desconocido, atravesando un océano empedrado de cantos astillados, construido piedra a piedra, con precipitación sigilosa, por las personas que alguna vez se alojaran en mi vida. Quisiera poseer en una mano todos los segundos que perdí por haber parpadeado, intuir el azar y elegir uno para vivirlo eternamente, mientras recuerdo al viejo Goethe exclamar ante Harry Haller que la eternidad es sólo un instante, lo suficientemente largo para una broma; en otra mano desearía conservar los segundos que desperdicié viendo cómo el río se secaba con el calor de mi obsesión, y al abrirla sentenciar mi corazón. Quisiera destemplar mi fragilidad con la propia estupidez de los golpes. Daría una sonrisa sincera por compartir celda con el señor Meursault, y presenciar su ejecución desde la última fila, mientras leo en sus ojos que todos estamos condenados a muerte. Quisiera dejar de escarbar para encontrarme, y quisiera no volver a enterrarme con tierra ácida cada vez que necesito desaparecer. Estoy cansado de viajar en esta montaña rusa anclada en el vacío, donde el taquillero se petrificó el séptimo día y los raíles, de espuma azul, imprimen velocidad sin saberlo; aunque quisiera saltar de mi vagón me aterra la idea de caer eternamente. Estoy aburrido de acariciar una realidad que me desgasta, al entrar en una atmósfera cuyos parámetros desconozco. Cada día siento un tamaño distinto de mi propia dimensión y estudio la de los demás. Si chocan me siento amenazado, y arrojo silencio por mis llagas; si se acomodan y se ajustan entre los algodones que voy colocando minuciosamente, abro las compuertas de mis entrañas y desencadeno las palabras que cerrarán los resquicios. Quisiera prender fuego a mi calma tumbado sobre un lienzo de pasión, y dejar que la combustión se confunda. Yo, Matías Vértigo, libero mi discurso en sacrificio de Prometeo, que verá perforar su hígado cada día de su vida, hasta que el tiempo se canse de fingir que Dios sigue bostezando.

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